domingo, 16 de marzo de 2014

DIA DE PERROS


Releo el comentario que hizo Concha hace un tiempo donde nos hablaba de los perros de la abuela Lucía, de los que Je, su padre, le habló muchas veces. Y nos decía sus nombres: Pun, Reno, Tiro y Cora. Mi padre todavía recuerda una cuarta perra, Linda, que acompañaba al abuelo cuando iba de caza. Aparte de seguir aportando datos a esta historia, me da pie para hablar de los Luceros, los perros que a lo largo de los años hubo en la familia San José - Carrascosa. Y, posteriormente, también en la mía, San José - Vargas, ya que el último lo tuvimos cuando yo era niño. Todos llevaron el mismo nombre, llegando a crearse casi una dinastía perruna. El primer Lucero, el segundo Lucero... y así hasta el cuarto, un perro listo como el hambre que hizo honor a su nombre y que era dueño de nosotros y no al contrario.

 

Parecido a este debió ser el primer Lucero, que coincidió en el tiempo con el Hogar Recreativo y Cultural y era considerado un miembro más. Los acompañaba allá donde fuesen, lo mismo a representar una función de teatro que a cualquiera de las excursiones; campaba a sus anchas por entre las aulas y entre cajas en el escenario. En una de aquellas excursiones a Aranjuez, se despistó del grupo, cosa rara en un animal tan inteligente. Cuando después de una tarde entera buscándolo lo dieron por perdido y regresaron a la Prospe, el Lucero los estaba esperando tan campante en la puerta del Hogar. Un perrazo fuerte, avispado y sociable aunque pendenciero, de pelo rojizo, que una mañana ya pasada la guerra, se metió en la Escuela de Mandos, el actual Centro Cultural Nicolás Salmerón, algo que solía hacer y por lo que era perseguido reiteradamente, y alguien, cansado del incordio de aquel perro entrometido, chulo y orgulloso, le asestó un sablazo que le produjo una enorme herida de la que le costó recuperarse.

Tan popular era el perro que inspiró una cancioncilla que ha perdurado a lo largo de los años, y que en mi familia hemos cantado en los viajes largos en coche y en las nochebuenas. Que bueno que Moreni la recuerde  y escuchársela cantar junto a mi padre.


 

El segundo Lucero, un perro zalamero, negro como el carbón y, como el primero, parte de la familia. No he conseguido localizar una fotografía que anda por casa en la que se le ve acompañando a un Luisito de doce o trece años. Cuando la encuentre la traeré aquí.

 

El siguiente, tercer Lucero, era negro como el segundo. Y más negro que parecía ya que se pasaba el día metido en la fundición. En la misma calle se encontraba entonces el Laboratorio Abelló, donde trabajaba mi madre, ya novia de mi padre en aquel momento. Cuando sonaba la sirena que anunciaba la salida de las trabajadoras del laboratorio, mi padre y el Lucero se abalanzaban a la puerta por donde salían las chicas con sus impolutas batas blancas a las que el perro les plantaba las patas sucias con el consiguiente revuelo, mientras mi padre, también completamente tiznado, se iba topando con ellas en busca del beso de su novia, Alejandrina, mi madre.

 

 

 

miércoles, 5 de marzo de 2014

A LOS LECTORES DEL BLOG

Este  blog no tiene  más  pretensión que  recordar anécdotas,  personas  e historias familiares,  al  tiempo que  hacernos pasar  a todos  los que  lo visitemos, de vez en cuando,  un rato entretenido  y entrañable.  No obstante,  si alguna de las personas mencionadas,  o  cuyas   fotografías  hayan  aparecido  hasta  ahora, no  se  siente cómoda por ello o prefiere no aparecer en el blog a partir de este momento, no tiene más que decírmelo de manera privada. Gracias.

Mi correo electrónico: caral1965@hotmail.com.








domingo, 2 de marzo de 2014

EL TÍO PíO

El tío Pío, probablemente el más curioso, excéntrico y peculiar de los hermanos Carrascosa Beltrán. Creo que era el tercero. Jesús, Enriqueta, Pío, María, Lucía, Aurelia (no sé el orden de ellas tres) y Luisa, la pequeña.

Como espíritu libre le define Enrique Teso. Según he podido comprobar, esa idea romántica de un hombre absolutamente libre, eternamente joven y "antisistema", palabra tan de moda en nuestros días, con que le recuerda mi padre, está extendida a lo largo de la familia. Es cierto que el tiempo todo lo adorna, todo lo agranda o lo empequeñece, pero algo debió de tener el tío Pío que le hacía diferente al resto de su familia, de sus vecinos, de la gente común de su generación.  Un hombre absolutamente original que, según mi padre, su ahijado de bautismo, en aquellos años convulsos de la guerra civil, se metía irónica e inteligentemente con todo el mundo, que no era de izquierdas pero tampoco era de derechas. Curiosamente, según le contaron a Mari Cruz su abuela Enriqueta, sus tías y Joaquinín, su padre, que quería al tío Pío como si fuera su hijo, el episodio de su arresto durante la guerra se debió a su defensa de dos monjas que estaban siendo molestadas por unos milicianos. Él, anticlerical convencido, que ni se casó con la tía Sara ni bautizó a ninguno de sus hijos, que les puso nombres de flores a dos de sus hijas, y para el que el único Dios era El Quijote, libro que increíblemente se sabía de memoria, que recordó durante toda su vida, y que declamaba a la menor ocasión como recuerdan varias personas de la familia que tuvieron la oportunidad de escucharle. Parece que se lo aprendió durante el tiempo en el que estuvo escondido para que no se lo llevaran, algo que finalmente no pudo evitar.

El primer aviso fue la quema del puesto de huevos que tenía en el lugar donde hoy se levanta el mercado de La Prosperidad, y que en aquel entonces, los primeros años treinta del siglo XX, era conocido como "el campo del Pío", precisamente por ese puesto, único en ese momento. Cómo único y famoso en el barrio era su coche y la bocina que, tal como recordaban hace poco mi padre y Ninín, provocaba la avalancha de todos los chavales que la reconocían y corrían a recibirle por aquellas calles de La Prospe, todavía de tierra... pabú, pabú...

En el tiempo en que todavía muy jóvenes, los Carrascosa Beltrán vivían en casa de sus padres, Pío tenía una peculiar manera de asearse a diario. Calentaba agua casi hasta el extremo, la vertía en una palangana y allí, en el patio del terreno de la abuela, se "escamondaba", palabra con la que mi abuela definía como su hermano se lavaba al aire libre con agua hirviendo. En el mismo terreno donde años después, él sólo, armado de pico y pala, excavó una mina que les sirvió de refugio durante los bombardeos y donde todos los primos Carrascosa jugaban una vez que la guerra hubo terminado.

Especialmente entrañable es el recuerdo de unos duros de plata que Pío guardaba y que sirvieron a su hermana María, mi abuela, y a su familia para que pudieran sobrevivir recién terminada la guerra. A la detención y posterior despido de mi abuelo se añadió  que el dinero de la zona republicana, y Madrid lo era, dejó de tener valor.

Agradezco a Pamy, Palmirita, el envío de estas dos fotografías en las que podemos ver al tío Pío, su abuelo, ya muy mayor. Es el único de los hermanos a quien todavía no habíamos visto. Los que no le conocimos, ahora tenemos la oportunidad, y a los que sí, seguro que les gusta recordarle.

Hay muchísimas más anécdotas con el tío Pío como protagonista, y tiempo habrá para seguir recordándole, porque ¿qué es la vida sino recuerdos y palabras?


El tío Pío con una de sus nietas, Palmira.